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El espía que salió de Argentina, se convirtió en el mejor y finalmente cayó

Aniversario

Hace 50 años, el espía israelí Eli Cohen fue ahorcado en Siria. En una historia de novela, había llegado a Damasco desde Buenos Aires y durante cuatro años se había infiltrado en los círculos más altos del poder sirio.

Con una soga alrededor del cuello, en medio de la Plaza de los Mártires en Damasco, quizás Eli Cohen se tomó unos segundos para recordar sus días en Buenos Aires. Un puñado de meses en la Argentina, los últimos de relativa calma en una vida atravesada por el peligro, justo antes de su misión final, la más importante. Hace 50 años, el espía israelí Eli Cohen -probablemente el mejor de su época- fuecolgado en Siria después de haber llegado más lejos que ninguno.

La vida de Cohen, incluyendo su paso por Buenos Aires, es digna de la pluma de Ian Fleming. Nació en Alejandría, Egipto, cuando la Primera Guerra era un recuerdo reciente y la Segunda un futuro que se abría paso inexorablemente. En una familia de devotos judíos, muy pronto se dedicó a la militancia prosionista.

Intentó alistarse en el ejército egipcio, pero fue rechazado por dudas sobre su lealtad. Y cuando fue creado el Estado de Israel, y casi toda su familia se trasladó allí, él se quedó en Alejandría coordinando operaciones proisraelíes. Magnético, afable y con un aspecto propio de una estrella de cine, Cohen tenía una extrema habilidad para cumplir con las pequeñas operaciones que la policía secreta israelí le encomendaba. Lo hizo hasta que, tras la Crisis de Suez, el gobierno egipcio decidió expulsarlo del país.

Ya en Israel, fue reclutado por el ejército para su área de análisis de contrainteligencia, una tarea básicamente de escritorio en la que -según sus biógrafos- se sintió atado y frustrado, quizás por primera vez en la vida. Intentó ingresar al Mossad, pero fue rechazado, y en su despecho renunció a su puesto en el ejército.

Entonces, Cohen quiso torcer el rumbo de su vida. Se asentó en Tel Aviv, donde empezó a trabajar como empleado de una compañía de seguros. Y se casó con Nadia, una inmigrante iraquí con la que tendría tres hijos. Pero hay ríos cuyos cauces no se pueden cambiar, y tras dos años de vida ordinaria, el mismo Mossad que lo había rechazado llamó a su puerta.

En la búsqueda de un candidato para infiltrarse en el gobierno sirio, revisando fichas rechazadas, el entonces director del organismo de inteligencia, Meir Amit, se topó con el rostro de Cohen. Lo estudiaron, lo reclutaron y lo entrenaron. En apenas medio año se convirtió en un katsa, un agente de campo.

La coartada que se definió para su entrada a Siria fue asumir el rol de un empresario de ese país de regreso a Damasco tras vivir en Buenos Aires. Así que lo enviaron a la Argentina. Era 1961.

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En los cafés porteños, Cohen ejercitó sus dotes seductoras con miembros prominentes de la comunidad siria. Con el alias de Kamel Amin Thaabet, ya era una personalidad reconocida cuando en febrero del 62 se trasladó a Damasco.

Con su porte y sus habilidades para las relaciones públicas, Cohen muy pronto se infiltró con éxito en los círculos de poder sirios. Sus principales armas fueron las gigantescas fiestas que ofrecía en una mansión de Damasco, aquelarres en los que probó su capacidad de mantenerse sobrio y atento cuando corría el alcohol y las lenguas se aflojaban. Sobre sus años en la capital siria, la realidad se confunde con el mito. Se habla de decenas de amantes, de que mantuvo lazos estrechos con Amin al-Hafez, luego presidente sirio, de que fue candidato a ocupar el cargo de ministro de Defensa…

Lo cierto es que Eli Cohen, o Kamel Amin Thaabet, envió durante cuatro años, desde 1961, toneladas de datos cruciales para la supervivencia de Israel. Su información fue clave para que, durante la Guerra de los Seis Días, en 1967, las tropas israelíes tomaran las Alturas del Golán en apenas horas.

Cohen no llegó a apreciar los efectos de su trabajo en ese conflicto. Su carrera como espía había terminado en enero de 1965, cuando fuedescubierto en medio de una transmisión radial a Israel. Fue encarcelado y condenado a muerte.

De nada sirvió una intensa campaña de la entonces ministra de Relaciones Exteriores israelí, Golda Meir, ni los pedidos de clemencia del papa Pablo VI. El 18 de mayo de 1965, Eli Cohen fue ahorcado. Tenía 40 años. La nota de Clarín, escueta, contaba la escena:

El espía, confeso, subió al cadalso con sus manos atadas a la espalda. Cuatro minutos más tarde fue declarado muerto. El cadáver de Cohen fue envuelto en un saco blanco desde el tórax a los pies y se le dejó para la acostumbrada exhibición de siete horas.

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Y después…

En noviembre de 1965, Nadia, la esposa de Cohen, envió una carta al presidente sirio Hafez al-Assad para recuperar los restos de su esposo. Ese pedido, como muchos más luego, fue rechazado. Los restos del espía continúan hasta hoy en Siria. Su vida fue llevada al cine en la película de 1987 The impossible spy, con John Shea.

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